miércoles, 2 de enero de 2008

CREEME QUE PASA. Muchas veces dejamos de darle importancia al tiempo que compartimos con determinadas personas.

Recuerdo que en un momento de mi vida me lleve muy mal con mi viejo. Por suerte fue durante muy poco tiempo. Creo que fue el justo, necesario y lógico que se da entre padres e hijos, entre dos generaciones distintas convulsionadas por todo lo que siempre implican y significan los cambios.

Recuerdo que un día en una reunión familiar, mi tío Alberto, me llamo a parte y sin hacer muchos comentarios de la relación que estábamos pasando y que el conocía entre mi viejo y yo, me regaló este escrito (ANÓNIMO) que hoy te lo paso para que lo analices y que lo tengas en cuenta con la certeza de que realmente es así y que lamentablemente deberás basarte nada más que en mi palabra.


QUE PIENSA EL HIJO SOBRE SU PADRE

A LOS 7 AÑOS:
Papá es un sabio. Todo lo sabe.

A LOS 14 AÑOS:
Creo que papá se equivoca… En algunas cosas que dice.

A LOS 20 AÑOS:
Papá está un poco atrasado en sus teorías. No es de esta época.

A LOS 25 AÑOS:
El viejo no sabe nada. Está chocheando.

A LOS 30 AÑOS:
No sé si ir a consultar este asunto con el viejo. Tal vez pudiera aconsejarme.

A LOS 45 AÑOS:
Qué lástima que haya muerto el pobre viejo. La verdad tenía una clarividencia notable.

A LOS 60 AÑOS:
Pobre papá… era un sabio. Lástima que lo haya comprendido tan tarde.

Como te dije fue muy poco el tiempo que duro esta mala relación y que luego de ella , entre tires y aflojes, nos hicimos grandes amigos. Haciendo que las palabras de este escrito fueran menos dolorosas cuando me toco perder a mi querido viejo.